Nuestro columnista invitado: Alexander Vargas Tinoco

Abogado de la Universidad Externado de Colombia con especialización en Responsabilidad Civil y Daño Resarcible. Máster en Derecho de Daños y Doctor en Derecho (Cum Laude) con mención internacional por la Universidad de Girona, donde realizó investigaciones como becario, conjuntamente, de dicha Universidad y del Externado. Actualmente es investigador de la Cátedra de Cultura Jurídica y docente del Departamento de Derecho Civil y del Centro de Investigación en Filosofía y Derecho del Externado.

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Educación universitaria, un acto de fe

Desde el triunfo del positivismo científico a comienzos del siglo pasado, algunos de los que se consideraban dogmas inquebrantables de fe, comenzaron a derrumbarse paulatinamente en respaldo científico y, de rebote, entre las personas “de a pie” que cada vez daban mayor credibilidad a las explicaciones físicas del mundo respecto de las metafísicas. El triunfo del método científico, el empirismo y la idea de constatar en la realidad aquello que se afirma, parece haber desplazado a la fe, en tanto ya no se cree con anticipación una explicación de lo que sucede, sino que se constata primero cómo sucede y luego se cree, “justificadamente”, aquello que se ha verificado por alguno de los sentidos.

Esta circunstancia propició el surgimiento de una nueva forma de confianza en el futuro, llamémosla también “fe”, esta vez, una que tiene por objeto la ciencia y sus avances en las diferentes áreas de conocimiento. Según esta fe, las expectativas en lo que sucederá se fundamentan en una mirada hacia lo que hemos logrado en el pasado, para así confiar en lo que seremos capaces de alcanzar con nuestras grandes capacidades de descubrimiento e implementación científicos. Nos esperanzamos como humanidad en que, en el futuro, curaremos esto, conquistaremos lo otro, descubriremos aquello y lograremos una buena cantidad de metas colectivas e individuales a partir de la ciencia.

Curiosamente, la crisis de la fe religiosa, ligada a la divinidad, no ha implicado la solvencia de la fe en la ciencia para lidiar con problemas que trascienden a la manera en que explicamos el mundo. En ese sentido, dicha fe también ha decaído, no por sus carencias explicativas, sino por nuestra incapacidad de materializar en bienestar para las comunidades y a nivel individual esos avances científicos. Dicho de otra manera, porque el avance de la ciencia no ha repercutido en un avance social paralelo respecto de problemas que aún nos aquejan. Por un lado, podemos desintegrar un átomo, pero por otro, el hambre y la miseria persisten y se agravan; podemos enviar sondas a Marte con mucha precisión, pero aún no sabemos cómo acabar con los conflictos bélicos; sabemos cómo ganar millones con empresas que aspiran a un “metaverso”, pero no sabemos cómo hacer cesar la corrupción. En fin, la explicación de cómo es el mundo no ha conllevado a la consolidación de este como debe ser, porque entre una y otra cosa media la necesidad de implementar una voluntad firme y colaborativa que permita mejorar nuestro estado de cosas actual, una voluntad que no ha estado presente en muchos escenarios de la historia. Dicho en otras palabras, la ciencia no ha acabado con los problemas que la ética demanda acabar, y que tal vez sí pretendía solventar la fe religiosa.

Esta dicotomía entre lo que es y debe ser nos puede poner en un panorama desalentador que raya en las reflexiones existencialistas más extremas, ante las cuales, necesariamente, se habrá de tomar una actitud ante la vida: o vivirla “a pesar de”, o no vivirla, o vivirla con el desdén propio de una vida que “no merece” ser vivida. Quienes elijan lo primero serán “optimistas”, nuevo rótulo de la fe contemporánea, los segundos pesimistas y los terceros, tal vez, escépticos, cínicos o indiferentes.

Los jóvenes, desalentados por la falta de materialización de los ideales de justicia que tanto anhelan, no son ajenos a esta necesidad de adoptar una actitud frente a tales retos, máxime cuando sus proyectos individuales no están garantizados, ni siquiera por lo que profesionalmente pueden llegar a ser en el mundo. La fe en la ciencia, en este caso en una profesión, también les puede flaquear. Como jóvenes, la educación es un hito en sus decisiones que tendrán que enfrentar al entrar en la adultez y, en esa medida, también tendrán que determinar una actitud que los guiará (o no) en su formación. En ese dilema, observan la separación entre lo que esperan que deba ser el futuro de su profesión, de la ciencia o el arte que estudiarán, y lo que la realidad de ese oficio aprendido institucionalmente les muestra. Ellos evidencian que los réditos de una profesión exitosa pueden ser alcanzados de varias maneras distintas a un grado universitario, o aparentemente así lo presumen otros. La influencia de las redes sociales aquí es innegable y les muestra la posibilidad de riquezas y popularidad en un par de años, a la manera de varios “ejemplos” a señalar. Ello repercute en considerar que ser médico, abogado, arquitecto u otro oficio liberal, antes rayanos en el arte, se pongan al nivel de ser influencer, o incluso unos escalones abajo, si hablamos de su remuneración. Y aunque lo uno no excluya a lo otro, es decir, que se pueda ser médico e influencer, se trata de una relación contingente en la que no hay que ser un profesional para obtener lo que un exitoso negocio de las redes sociales puede generar, porque las leyes de oferta y demanda de cada uno de esos oficios no exigen lo mismo para quienes los desempeñan.

Aquí el problema de la fe, me parece, persiste, ya no en la necesidad de separar la educación religiosa y laica (porque esto ya se dio), sino en lo apremiante que resulta transmitir a los estudiantes (y futuros estudiantes), que la realidad del mercado laboral no tiene por qué determinar el futuro de quien ha decidido emprender el estudio de una profesión. Habrá que asumir una actitud personal que repercuta positivamente en el desarrollo de un oficio que se escoge por vocación, aun cuando las dificultades de su ejercicio sean evidentes. El escepticismo y pesimismo profesional asoman, como asomó la incredulidad con la caída de los dogmas de fe. Y es que, aunque no necesitemos dogmas inquebrantables para educarnos profesionalmente, lo que no puede faltar a los estudiantes es una actitud adecuada ante el futuro profesional, a pesar del presente desalentador del que se percatan. Mientras seamos seres inmersos en el tiempo, que pueden guiar sus conductas para que repercutan en el devenir de nuestra vida o nuestra comunidad, habrá que incentivar la esperanza de encontrar excepciones a la generalidad problemática y sobreponerse a las crudas circunstancias que nos afectan, que no se superan necesariamente por el desarrollo de la ciencia, sino que requieren de un esfuerzo notable para materializar los ideales del progreso personal y colectivo.

Así, aunque hoy veamos a las universidades intentando dialogar con estas nuevas alternativas al mercado profesional, “posteando” publicidad “fresca” en redes sociales para menguar la percepción de pesadez de una carrera universitaria (frente a la liviandad de los caminos diferentes), los educadores habrán de ser claros también en comunicar que las macro frustraciones del mundo laboral y de un mundo injusto tendrán que ser lidiadas a nivel personal por todos aquellos que se decantan por formarse profesionalmente. En un sentido no trivial, la educación no se ha desligado de la fe, ahora en el ropaje de optimismo, porque siempre que no tengamos control sobre el futuro tendremos que tomar una actitud hacia este que nos permita avanzar con la mejor experiencia vital hacia lo que vendrá. Para ello se requiere un poco (o mucho) de fe, de esperar que los esfuerzos propios por adquirir educación, cultura, o perfeccionarse en un arte u oficio, repercutirán en satisfacciones más allá de los mega réditos económicos que puedan dejar actividades alternativas al dominio de una ciencia o un arte, aunque no los excluyan. Habrá que instruir a los estudiantes en la ciencia, aunque también reforzar su vocación ética como profesionales, porque muchos problemas del mundo no se han solucionado a pesar del avance de la ciencia. Habrá que comunicarles la forma de lidiar con la nueva realidad económica, la hiperconexión y el influjo de las redes sociales, siempre teniendo presente que el desarrollo personal va muy de la mano de aquello que se espera de la vida y de nuestras capacidades de sobreponernos a las dificultades, muy a la manera en que los actos de fe lo requieren en las circunstancias difíciles.

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